
Comentario a las lecturas del Domingo XXVII. Ciclo A: Is 5, 1-7 / Sal 79 / Flp 4, 6-9 / Mt 21, 33-43.
Soy de un pueblo de vides, de viñas. Cuando cada año llegan estas fechas, las calles huelen a vendimia y los remolques pasan repletos de uvas. Antes las llevaban a las bodegas, ahora a la Cooperativa. Allí esa uva se exprime, se hace mosto y después, en grandes tinajas, se va convirtiendo en vino, en vino bueno, en vino de la Mancha, que no está nada mal.
Lo que pasa es que luego, después de un Papa como el Beato Juan Pablo II, que se deja la vida por amor a Dios. Eligen a un nuevo Papa que sale al balcón de la basílica de San Pedro el día de su elección y se define como: “Humilde trabajador de la viña del Señor”. Un vendimiador, vamos. Y nos desconcierta, porque resulta que esas palabras que dice no son de protocolo.
Él, que no acostumbra a dar puntada sin hilo, nos descubrió cuál había sido su manera de obrar hasta ese momento y cuál iba a ser su empeño a partir de ahí, para darnos así la pista a cada uno de nosotros de cuál es nuestra vocación: humildes trabajadores de la viña del Señor
Resulta que nos dice el Papa y repite el sacerdote que hay que hay que agacharse aunque le duelan a uno los riñones, que nada de amos, sino vendimiadores, asalariados. Y lo dice de manera clara: ser santos. Y, aunque no lo digamos, pensamos: "y dale que te pego a la santidad, como si yo pudiera codearme y tratar de tú a tú con la Madre Teresa o con Juan Pablo II".
Con lo que cuesta eso. Total, que nos suena un poco a música celestial: lo escuchamos pero no nos lo creemos demasiado. “Pues anda que no hay diferencia del decir al hacer”.
Aunque al principio seamos unos idealistas y desbordemos de alegría, cuando nos topamos con los problemas y “llega el tío Paco con las rebajas” nos volvemos realistas y nos echamos para atrás, y lo que nos había ilusionado nos parece irrealizable:
"Santos con estos dolores que me dejan baldado, santos con la bruja de mi suegra o de mi nuera, santos con el vecino de en frente, que no hay quien lo aguante, santos con ese niño impertinente de la vecina que me pone de los nervios, porque no para de hacer tratadas". Y así nos vamos justificando, bajamos el listón, nos conformamos con no dar escándalos y nos quedamos tan frescos.
¿Qué pasa? Pues que no nos fiamos de que todo eso sea cierto. Le acabamos robando a Dios la capacidad de exigirnos y terminamos amoldando nuestra vida a nuestro capricho.
“¿Entregarnos a fondo y de verdad? Bueno, bueno, sin exagerar”. Y mientras tanto vamos matando a los mensajeros, esos que nos dicen: "venga, que puedes, venga que hay que tirar del carro". Porque en el fondo tenemos miedo a que nos duelan los riñones, y queremos ser los amos.
¿De qué se trata entonces? Pues de hacer una apuesta decidida por el amor, por defender las cosas que merecen la pena, por confiar muchísimo en el Señor que da la alegría a pesar del esfuerzo, por la esperanza, aunque no esté de moda. No podemos dejar que la sangre de Cristo, que el empuje de tantas almas que se toman en serio la santidad, corra en vano.
No estás solo, hay muchos que están en lo mismo. Dios acudirá en tu ayuda. Recuerda lo que decía el apóstol san Pablo: "No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera toda inteligencia custodiará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús". Pues eso, acudamos a la Virgen, y vamos a ponernos a ello.



