
jueves, 6 de octubre de 2011
MI AMIGO FERNANDO

martes, 4 de octubre de 2011
UN TIEMPO MÁS ATRÁS: LA CUADRATURA DEL CÍRCULO

Comentario a las lecturas del domingo XXVI del Tiempo Ordinario. Ciclo A: Ez 18, 25-28 / Sal 24 / Flp 2, 1-11 / Mt 21, 28-32.
Hay que ver lo peculiares que somos los hombres. Con tal de llevarnos el gato al agua, de hacer lo que nos apetece, hemos inventado la cuadratura del círculo, poner una vela a Dios y otra al diablo, nadar y guardar la ropa.
Y una de las maneras de sacar adelante eso, que es, en definitiva, hacer que prevalezca nuestro yo, es buscar, ante todo, quedar bien, actuar hacia fuera.
¿Que puede haber alguna tensión, algún conflicto? No importa. Decir lo que el otro espera de mí salva la situación por el momento, y me deja en buen lugar.
El otro me mira y dice: "qué bien, lo tengo a favor, está en buen plan". Y mientras tanto yo, con mi carita de buen chico y de no haber roto nunca un plato, lo estoy engañando.
Pero ese engaño es muy relativo porque, como esa manera de salir de la situación es superficial, los problemas siguen estando ahí.
Las buenas palabras son buenas palabras, o buenos gestos, pero no son capaces de sacar adelante nada. Resolver las cosas exige otra actitud, exige comprometerse y eso es incompatible con sonreír sin más y no mover un dedo en algo que verdaderamente merece la pena.
De esa forma, el "sí, sí, muy bien, de acuerdo, lo que tú digas", se convierte en el fondo en un: "déjame en paz" "déjame tranquilo que ya haré yo lo que me dé la gana".
El Evangelio nos pone sobre la mesa dos actitudes de fondo que están de permanente actualidad: el hijo respondón y el sumiso. El buenecito y el rebelde. Dios que pide y la respuesta del hombre que tiene en sus manos dar o no dar.
En el fondo está en juego la pregunta clave: ¿a quién ponemos en primer lugar: a Dios o a nosotros mismos, sus criterios o nuestra manera de ver las cosas?
¿De qué nos está hablando constantemente el Papa? De implicarnos. Hay que optar y eso exige compromiso, aunque duela, aunque pueda desgarrar por dentro.
Parece que somos tan celosos de lo nuestro, que terminamos viendo a Dios como un ladrón. Y no es así: "Dios no quita nada, lo da todo".
¿Cuándo vas a empezar a mojarte, a comprometerte? ¿Quieres seguir siendo masa, gente del montón? Porque es la manera de ser un eterno insatisfecho, un infeliz.
Solo estaremos llenos cuando demos lo que previamente hemos recibido de Dios.
El otro día una persona que había colaborado en la organización de la JMJ decía, lleno de alegría, que su hermano de 20 años acaba de incorporarse al seminario.
Pues eso. Dar el paso. Que puede ser entrar en el seminario, o dejar de ser un vago redomado. Puede ser confesarte porque hace años que lo tienes pendiente o reconciliarte con tu padre o tu marido o tu mujer porque eres un terco y no quieres dar tu brazo a torcer.
Medítalo ¿Es que te da miedo comprometerte, dejar que Dios te pida cosas, porque te incomodan?
Reconócelo, ¿No estás dándole largas, diciendo qué bonito todo, para después seguir haciendo lo mismo y seguir en tu rutina?
Mira a ver si te compensa, porque esa manera de actuar es la forma más fácil de ser un infeliz o un mediocre. Da el paso que te llenará de alegría, porque te llenará de Dios.
domingo, 2 de octubre de 2011
DECÍAMOS AYER: EN LA VIÑA DEL SEÑOR

Comentario a las lecturas del Domingo XXVII. Ciclo A: Is 5, 1-7 / Sal 79 / Flp 4, 6-9 / Mt 21, 33-43.
Soy de un pueblo de vides, de viñas. Cuando cada año llegan estas fechas, las calles huelen a vendimia y los remolques pasan repletos de uvas. Antes las llevaban a las bodegas, ahora a la Cooperativa. Allí esa uva se exprime, se hace mosto y después, en grandes tinajas, se va convirtiendo en vino, en vino bueno, en vino de la Mancha, que no está nada mal.
Lo que pasa es que luego, después de un Papa como el Beato Juan Pablo II, que se deja la vida por amor a Dios. Eligen a un nuevo Papa que sale al balcón de la basílica de San Pedro el día de su elección y se define como: “Humilde trabajador de la viña del Señor”. Un vendimiador, vamos. Y nos desconcierta, porque resulta que esas palabras que dice no son de protocolo.
Él, que no acostumbra a dar puntada sin hilo, nos descubrió cuál había sido su manera de obrar hasta ese momento y cuál iba a ser su empeño a partir de ahí, para darnos así la pista a cada uno de nosotros de cuál es nuestra vocación: humildes trabajadores de la viña del Señor
Resulta que nos dice el Papa y repite el sacerdote que hay que hay que agacharse aunque le duelan a uno los riñones, que nada de amos, sino vendimiadores, asalariados. Y lo dice de manera clara: ser santos. Y, aunque no lo digamos, pensamos: "y dale que te pego a la santidad, como si yo pudiera codearme y tratar de tú a tú con la Madre Teresa o con Juan Pablo II".
Con lo que cuesta eso. Total, que nos suena un poco a música celestial: lo escuchamos pero no nos lo creemos demasiado. “Pues anda que no hay diferencia del decir al hacer”.
Aunque al principio seamos unos idealistas y desbordemos de alegría, cuando nos topamos con los problemas y “llega el tío Paco con las rebajas” nos volvemos realistas y nos echamos para atrás, y lo que nos había ilusionado nos parece irrealizable:
"Santos con estos dolores que me dejan baldado, santos con la bruja de mi suegra o de mi nuera, santos con el vecino de en frente, que no hay quien lo aguante, santos con ese niño impertinente de la vecina que me pone de los nervios, porque no para de hacer tratadas". Y así nos vamos justificando, bajamos el listón, nos conformamos con no dar escándalos y nos quedamos tan frescos.
¿Qué pasa? Pues que no nos fiamos de que todo eso sea cierto. Le acabamos robando a Dios la capacidad de exigirnos y terminamos amoldando nuestra vida a nuestro capricho.
“¿Entregarnos a fondo y de verdad? Bueno, bueno, sin exagerar”. Y mientras tanto vamos matando a los mensajeros, esos que nos dicen: "venga, que puedes, venga que hay que tirar del carro". Porque en el fondo tenemos miedo a que nos duelan los riñones, y queremos ser los amos.
¿De qué se trata entonces? Pues de hacer una apuesta decidida por el amor, por defender las cosas que merecen la pena, por confiar muchísimo en el Señor que da la alegría a pesar del esfuerzo, por la esperanza, aunque no esté de moda. No podemos dejar que la sangre de Cristo, que el empuje de tantas almas que se toman en serio la santidad, corra en vano.
No estás solo, hay muchos que están en lo mismo. Dios acudirá en tu ayuda. Recuerda lo que decía el apóstol san Pablo: "No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias. Y la paz de Dios, que supera toda inteligencia custodiará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús". Pues eso, acudamos a la Virgen, y vamos a ponernos a ello.
lunes, 31 de mayo de 2010
LA HOMILÍA DE AYER: LA SANTÍSIMA TRINIDAD

¿Te has parado a pensar cuántas veces se invoca a Dios como Padre, como Hijo, como Espíritu Santo en la Misa? El otro día me vino a la cabeza y me quedé con la curiosidad. Yo creo que bastantes veces.
Cuando el sacerdote llega al altar y lo besa (un beso que quiere mostrar la veneración por el "lugar" físico donde va a tener lugar el sacrificio de Cristo), luego lo que hace es la señal de la cruz y lo hace en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Para un mundo eminentemente práctico, hablar de la Santísima Trinidad puede resultar un poco extraño. Algo meramente especulativo y teórico. A fin de cuentas siempre nos lo han dicho: es un misterio que no se puede entender. Y ahí nos quedamos.
Para un cristiano que se precie de ello no es que no le dé importancia, está bien, una cosa que hay que tener clara, porque incluso lo decimos todos los domingos en el credo, pero ahí queda el asunto. Las cuestiones teológicas para quien se dedique a ello. Mientras tanto a nosotros que nos vengan con algo más práctico.
Y sin embargo, es el eje sobre el que gira nuestra fe, las bisagras que hacen que la puerta pueda abrirse o cerrarse. Es la esencia de nuestra vida, porque es la esencia de Dios. Y Dios es nuestro todo.
Tener un conocimiento superficial de las cosas, de las personas y conformarse con eso resulta un poco frívolo, porque con cuatro pinceladas y cuatro tonterías nos creemos que ya podemos dominar el universo mundo, y no es así. Conocer en profundidad, ir al fondo, a las raíces, es lo que nos da el tono de por dónde hay que funcionar. Y nos enseña a funcionar.
Los amigos se puede decir que si son verdaderamente amigos, se conocen y el uno sabe de qué pie cojea el otro.
¿Cómo seré capaz de querer a quien no conozco? A Dios, que ha de ser el Amor de los amores he de conocerlo cada vez más.
A Dios, que es mi Padre bueno, le debo la vida, soy algo más que criatura suya. Soy, por el bautismo, hijo suyo querido.
Dios que es el Hijo y, al tiempo, hombre verdadero, es mi Redentor, mi Salvador, puedo mirarme en Él y aprender de Él.
Dios que es el Espíritu Santo, es mi Santificador, es el Dios que me trabaja por dentro, que me da luz y fuerza para vivir.
A Dios Padre que es pura ternura y misericordia puedo acudir para que me acoja y perdone después de haberme alejado por mis debilidades y pecados.
A Dios Hijo que ha cargado con la cruz para mostrarme su amor y entregarse por mí, puedo acudir para que me muestre el camino de la humanidad verdadera.
A Dios Espíritu Santo que es el Puro Amor que se desborda si le abro mi alma, puedo acudir para que me fortalezca cuando estoy débil y atribulado ante problemas de la vida.
Y aprendo de Dios Padre a ser comprensivo, y aprendo de Dios Hijo a ser humano y aprendo de Dios Espíritu Santo a ser fuerte. Dios mío, enséñame a no verte con superficialidad, sino a ir a más en tu conocimiento, así podré también amarte con toda el alma.
Me enseñará María, a la que podemos invocar como Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo, Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad.
domingo, 16 de mayo de 2010
HOMILÍA SEMANAL: ASCENSIÓN

"Ahora os toca a vosotros". No es lo nuestro vivir mundanizados, como si lo de aquí abajo fuera lo único, pero tampoco podemos vivir ingenuamente mirando a lo alto, como si todo nos tuviera que venir gratis de allá arriba.
Eso exige en cada uno de nosotros un proceso de madurez humana y sobrenatural, viendo las cosas con objetividad, tal y como son, porque, si no, ni siquiera seremos capaces de reconocer cuáles son los enemigos contra los que tenemos que combatir. Y terminaremos siendo infantes, aunque peinemos canas.
Ante determinadas situaciones quizá lo más fácil es el inmovilismo, quedarse parados mirando al cielo. Pero esa actitud, que puede apoyarse en la nostalgia de esos tiempos buenos, donde todo resultaba o, al menos parecía, más fácil, es algo que hay que superar.
Hay mucho por hacer, y no pueden ser los demás los que lo hagan. No tenemos que esperar que las iniciativas vengan de fuera. Sería lo más cómodo y lo más temerario. Tenemos que ser nosotros los que nos pongamos manos a la obra.
¿Qué hay que hacer? Arremangarse y trabajar mucho y bien, aunque salgan callos en las manos o en el alma.
"Ahora os toca a vosotros". Es el gran reto que nos está planteando Dios y que nos está recordando incansablemente el Papa.
Estos días, en Portugal, un hombre de 83 años, con todo el peso de la Iglesia, y de un mundo alejado de Dios al que se siente llamado a dar luz, no ha dejado de lado su responsabilidad de confirmar en la fe, dar razón de la esperanza y llamar, una vez más, a enraizar el amor.
Lo está haciendo con mucho realismo, sabiendo reconocer los pecados de los miembros de la Iglesia, las heridas de quienes, también desde dentro, desdibujan el rostro de Cristo.
Pero, al mismo tiempo, lo está haciendo con ese sentido plenamente sobrenatural de confiar totalmente en Dios que nunca dejará desasistida a su Iglesia.
Y cuenta contigo.
"Ahora os toca a vosotros". Escuchemos la voz de los Ángeles que vuelven a decirnos: "¿qué hacéis ahí mirando al cielo?"
Es el momento de actuar.
"Ahora te toca a ti. Me toca a mí".
Ponte manos a la obra, no te refugies en excusas, no esperes que sean los demás los que tomen la iniciativa. Y si notas que el peso es muy grande acude a María, la omnipotencia suplicante.