
El Santo Padre, Benedicto XVI, junto al patriarca ortodoxo de Constantinopla, Bartolomé I, ha abierto la Puerta Santa de la Basílica de San Pablo Extramuros. Queda, pues, "inaugurado" el Año Paulino. Año Santo para meditar y dar gracias a Dios por la figura del Apóstol de las Gentes. Ese hombre apasionado que persiguió a los cristianos, que consintió en la muerte de San Esteban, apedreado por su fe, y que fue derribado a tierra para que comprendiera que los caminos de Dios y los caminos de los hombres son, a veces, muy distintos. San Pablo, el que supo doblegarse a Dios, el ciudadano romano que sabe exigir sus derechos cuando tratan de humillarle. El que sabe corregir fraternalmente a San Pedro ¡el primer papa!, cuando hace algo que no es correcto y puede confundir a los sencillos. El hombre apasionado que sintió en su interior el aguijón de Santanás, pero supo confiar en la fuerza de Dios, y no en la suya. El que se abrió totalmente a su gracia. San Pablo, el hombre que razona su fe, el viajero incansable. ¡Cuánto tenemos que aprender de ti, Pablo, para dejar detrás todo lo viejo y dejarnos llevar por el impulso, eternamente nuevo, de Dios que no nos abandonará!
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