
Esperando al sacerdote podré evocar ese momento cumbre en que Dios se hace presente entre nosotros. Por eso pediré, ya desde esos instantes:
“Que, en el momento de la consagración, sea muy consciente de lo que estoy viviendo: todo un Dios que viene al altar. Que sepa ver, especialmente, con los ojos de la fe”.
“Que acompañe a los ángeles que adoran a Dios, y le diga interiormente: Señor creo en Ti, espero en Ti, te amo”.
“Que cuando llegue el momento de la comunión vea en mi interior si soy digno de acercarme a recibir a Jesús, como Él quiere ser recibido: con limpieza de alma”.
“Que sepa hacer un acto de dolor de amor si no estoy debidamente preparado y, desde mi sitio, haga una comunión espiritual, diciéndole que no puedo recibirlo, pero hago el propósito de hacer una buena confesión, para acercarme a Él con pureza, con humildad, con devoción”.
“Que no me despiste pensando en mil cosas. Que aprenda a decirle: ‘Si he podido recibirte ¿qué puedo hacer sino darte gracias, con toda el alma? No permitas que me separe de Ti’”.
“Que durante toda la Misa esté en lo que tengo que estar, que nada turbe esa paz de estar con el Rey de Reyes. Que no deje que mis sentidos estén dispersos, aunque haya mucha gente, aunque haya ruido, aunque haya circunstancias que me lo impidan”.
“Que no me deje llevar por la inconsciencia o la rutina. Que aprenda a decirle al Señor cosas hermosas que llenen mi mente, desborden mi corazón y se traduzcan en obras”.
“Que aprenda a pedirle también, con toda el alma, que todos los que asistan a la Santa Misa, y yo el primero, sepamos después llevar a la vida lo que acabamos de experimentar, el encuentro con el Señor”.
“Porque te quiero, Señor, Tú eres mi fortaleza y mi descanso”.
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