
La respuesta más sencilla y veraz que se me ocurre es esta: Porque Dios lo ha querido y lo sigue queriendo.
Hace hoy exactamente 15 años que me ordenó D. Ángel Suquía en una catedral de la Almudena recién consagrada por Juan Pablo II. No estaba tan “acabada” como luce actualmente, pero entonces me pareció que era la Jerusalén celeste. Hasta ahí podíamos llegar.
Pues bien, después de estos 15 años estoy tan ilusionado como aquel día en que estaba a punto de estrenar algo tan grande. Y lo único que me sale a estas alturas es el agradecimiento.
¿Cómo empezó todo? Pues no sabría decirlo con exactitud, o a lo mejor sí que lo sé y no quiero decirlo, porque eso es de "intimidad con el Señor", algo que queda entre Él y yo. ¡Cuántas cosas comentamos entre los dos acerca de esto y de tantas otras circunstancias! Cosas nuestras...
Pero sí puedo decir que es algo que me dejó perplejo entonces y me sigue dejando perplejo ahora. Y le digo, algunas veces, con cierta complicidad: “hay que ver cómo eres, cómo te gusta jugar con los hombres, como juegas conmigo”.
Y siento que Él me mira con ojos brillantes, llenos de pillería y me sonríe. Yo le respondo: “¿ves? me das la razón.” Y Él sigue sonriendo. ¡Cómo nos entendemos! Claro, somos viejos amigos…
Cada vocación es un milagro. Lo sabe Dios y lo sabe el interesado.
Es una elección, sería ridículo pensar que es un trabajo por el que uno siente en un momento dado cierta atracción, y ya está. Es algo bien distinto.
¿Quién es el sujeto de esa elección? ¿Quién es el que elige? Pues, aunque pudiera parecer lo contrario, no es el "interesado", sino Dios, que se "mete donde, aparentemente, no le llaman".
Dios, que puede resultar incluso incómodo y que elige para algo: obrar en su nombre. En medio una persona que se queda sorprendida ante algo que le ocurre sin que él lo controle mucho, pero ante lo que hay que responder, tomar una decisión.
Continuará (si tiene interés...)
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