
La mentira no puede ser un instrumento de trabajo, ni una vía de escape, ni una ventana que se abre porque nos sentimos agobiados, o notamos que el ambiente nos resulta irrespirable. La mentira no es la trinchera para diluir responsabilidades del pasado. Ni para sortear las dificultades del presente. Ni para afrontar, con las espaldas guardadas, los retos del futuro. La mentira esconde muchas veces la cobardía para no enfrentarse ante las propias responsabilidades, o para no asumir con claridad los propios errores o pecados.
La mentira nunca es buena. Ni siquiera cuando le ponemos el disfraz de la piedad; entonces, si cabe, resulta más ridícula, porque intenta disimular un mal presentándolo como un bien, intenta maquillar una realidad que no quiere afrontarse y que, a la corta o a la larga, acaba imponiéndose. La mentira hay que evitarla, porque deja detrás de sí una estela que lo malea todo. La verdad, aunque en principio pueda ser incómoda, es el gran antídoto. Es la gran apuesta. La verdad resuena y lo acaba clarificando todo. Da luz a la mente e impulso al corazón.
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